Eclipse: un fenómeno asombroso. Columna del profesor de Astrofísica, Antonio Montero Dorta.

Columna del profesor de Astrofísica, Antonio Montero Dorta.

Decía el filósofo Immanuel Kant que existían dos cosas en el mundo que llenaban su ánimo de creciente admiración a medida que profundizaba en ellas: la moral en su interior y la visión de un cielo estrellado sobre él. Esta fascinación por el cosmos no es, por supuesto, exclusiva del genio prusiano.  Desde la antigüedad, el hombre ha alzado su vista al cielo con asombro, esperanza y a veces miedo; buscando respuestas y, muchas veces, encontrando preguntas.

De entre los fenómenos celestes que podemos observar a simple vista, ninguno ha causado tanto asombro desde tiempos inmemoriales como los eclipses, término que engloba un conjunto de situaciones en las que la luz emitida por un cuerpo celeste es bloqueada por otro. En el caso de un eclipse solar, como el que será visible desde Chile este próximo lunes, es la Luna la que se interpone entre el Sol y la Tierra, ocultando nuestra visión del astro. Esta sencilla explicación habría quizás calmado las mentes de nuestros antepasados, para los que los eclipses eran a menudo mensajeros de grandes cambios, manifestaciones directas de la voluntad de los dioses que tendrían consecuencias drásticas en sus vidas.

La importancia de los eclipses ha seguido vigente en tiempos recientes, si bien desde una perspectiva más científica. De hecho, un eclipse en particular proporcionó, a principios del siglo XX, uno de los primeros éxitos a una por entonces joven teoría que habría de convertirse en uno de los pilares de la física moderna: la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein. Esta teoría establece que los cuerpos muy masivos como el Sol deforman el espacio (y por lo tanto el tiempo) a su alrededor. Esta conexión entre gravedad, espacio y tiempo supuso una revolución en el pensamiento científico y filosófico de principios de la época. De ser cierta la teoría de Einstein, la luz de las estrellas lejanas debería curvarse significativamente a su paso por un cuerpo tan masivo como el Sol (mucho más de lo que podría aceptarse en el marco la física newtoniana). En mayo de 1919, los astrónomos británicos Sir Frank Dyson y Sir Arthur Eddington aprovecharían la oscuridad proporcionada por un eclipse solar para medir las pequeñas variaciones en las posiciones en el cielo de las estrellas cercanas (angularmente) al Sol y confirmar así las ideas relativistas de Einstein.

Aunque en la actualidad conocemos con precisión las leyes físicas que rigen los eclipses, la visión de los mismos no ha dejado de suscitar asombro y fascinación. Puede que estas sensaciones sean un vestigio que mantenemos del hombre primitivo. O tal vez la visión de un eclipse nos recuerde nuestra posición en el cosmos, en un cosmos cambiante que se rige por leyes que trascienden la inmediatez de nuestras vidas cotidianas. En cualquier caso, brindemos hoy por que, como creían los antiguos, el eclipse del lunes signifique un cambio de fase, el comienzo de una nueva época en la que la humanidad supere los retos que llegaron con el año que termina.

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